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PAUL ORLANDO QUISPE OLIVA


 

Naciò en Huamachuco, el 14 de agosto de 1986. Sus estudios primarios los realizò en la escuela "La Inmaculada", y los secundarios en el Colegio Nacional San Nicolàs.

El año siguiente, a los 16 años ingresò a la Universidad Nacional de Trujillo, a la Escuela Acadèmico Profesional de Arqueologìa, donde actualmente cursa el tercer año. 

En el segundo año de estudios de su universidad GANÒ UN CONCURSO MUNDIAL ORGANIZADO POR UNA EMPRESA ESPAÑOLA , MEDIANTE EL CUAL GANÒ UNA BECA PARA RECORRER TODO EL PERÙ EN 40 DIAS, ACOMPAÑADO DE 150 EXTRANJEROS, TAMBIEN GANADORES DE DICHO CERTAMEN. Su trabajo històrico "QUIPUS, CUENTAS Y MEMORIAS DEL IMPERIO INCA " lo pusieron  entre los 8 representantes honorarios del Perù para marchar en el proyecto mundial "RUTA INKA, UNIVERSIDAD MUNDIAL ITINERANTE, RECORRIENDO EL CAPACÑAN".

Escritor de poesìa y narrativa, en el presente año (2005) ganò el SEGUNDO LUGAR en el "CONCURSO NACIONAL DE CUENTO : GERMÀN PATRÒN CANDELA", organizado por la MUNICIPALIDAD DE TRUJILLO, LA ASOCIACIÒN CULTURAL "TRUJILLO", Y LA COMUNA DE ESA MISMA CIUDAD.

Actualmente, cursa el tercer año en su universidad (UNT), donde tiene menciones honrosas, diplomas de honor de Primer Puesto en Rendimiento Acadèmico los dos años acadèmicos anteriores.

 

"Si atraviesas las cortinas azules del cielo,

ves las nubes nagevar sobre tus manos,

sientes el rocio de la mañana y el pasto verde;

Si un sombrero de paja se posa en tu cabeza,

oyes el sonido de un lic licc,

allà a los lejos;

si aspiras el aire lleno

de amistad de su gente;

Si en tu corazòn escuchas un

"buenos dias", "pase usted",

y te llenas de gozo,

entonces,

 has llegado a Huamachuco.."


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LOS OJOS DE LA ROSA

(Cuento)

Y si las flores pudieran hablar

y decir que te quiero,

si las rosas quisieran pedir

que me llegues a amar…

…puede ser, que tal vez, de 

repente , te enamores de mi.

 Nelson Ned

                  El miraba, con dulzura y especial cuidado, su nacarado cielo: una nube; atisbaba además una nubecilla azul: el cielo. De repente, vio volar, con dirección al mar, un cerúleo pajarito; entonces, despabilándose un poco, decidió caminar.

        El día, como es costumbre en esta ciudad, se presentaba tórrido, y él, sin otorgarle mayor atención, deambulaba por las vetustas y ennegrecidas calles, absorto y con las manos embutidas en los bolsillos. Llevaba casi media hora así, transitando de un lado a otro, hasta que, al mirar de soslayo hacia un recodo de la calle, la encontró.

***

       Pablo era un pipiolo que acababa de arribar a los dieciséis años; acababa, también, de arribar a aquel extraño sentimiento que, esperanzado, feliz y con los ojos fulgurantes, llamaba amor. “El amor y la metáfora convergen del corazón, colmado de cariño y ternura; son hadas que me llevan hacia ti. Ven y cúbreme con tu blanco y delicado manto de amor. Sé tú mi todo en esta mi nada…”  se leía en uno de sus poemas. Hablaba con desmedida efusión, reportando, a menudo, un sentimiento excitante de felicidad en aquellos que, con menuda curiosidad o sarcástica ironía, le oían parlar.

       Inesperadamente, aquel sentimiento que lo embelesaba, había logrado sacar a relucir aquellos sueños y anhelos de vivir, antes solapados en lo más recóndito de su corazón. Le ilusionaba mucho crear, en su dilatada mente, hechos a futuro, cuya realización  dependía, a decir suyo, de lo que día a día se le ocurría hacer, con el objetivo de agradar a su musa.

       Entre chirigota y chirigota, sus mejores amigos habían oído la historia de “la metamorfosis emocional de su vida” por cuya razón muy rara vez se le veía molesto, y si en alguna oportunidad entristecía, era sólo por el anhelo y el óbice de no poder tener todo el día aquel icono diáfano, del cual era exentamente cautivo, y cuyo fundamento exhumaba cada ves que recordaba a Anie.

 ***

Cuando llegó a la florería, una sonrisa ensanchó sus mejillas. Detenido en la acera, atisbaba, con gesto escrutador, el letrero publicitario de aquel establecimiento.

       -¡Hazte a un lado idiota!- le ladró un hombre, empujándolo fuertemente con su cuerpo rechoncho, para que, después, musitando algo, se fuese mirándolo con mohín de enojo.

       Entonces advirtió que se había posado en medio de la acera, obstruyendo y entorpeciendo el paso. Miró su alrededor. El humo de los carros, el ir y venir de la gente, era exasperante, casi tanto como el sonido inarmónico de los gritos de los cobradores de combi, la conversación estrepitosa de las personas, el rugir de los motores que imitaban la voz ronca del limosnero de la esquina. Todo era rápido, desmesuradamente rápido, en comparación con el eterno cambio de luz del semáforo o con el  bostezo del policía de tránsito.

       El sol parecía empecinarse en hacer  exudar a la gente; y lo logró cuando un hombre obeso, con mirada turbia y la cara hecha un mar, atravesó la calle, tambaleándose de un lado a otro, intentando equilibrar su vasto peso, a la par que pretendía, con un brazo en alto, detener una combi. “La ciudad se asemeja a una vieja  que  a duras penas  soporta, en sus arterias, las múltiples oscilaciones diarias” dijo Pablo para sus adentros; acto seguido, decidió entrar.

       Después de haber atravesado el umbral de la enrejada puerta de metal, caminaba por un nebuloso corredor, y sintió que el ambiente estaba fletado de vaho de flores, entonces volvió a pensar en ella.

       Un hombre de hirsuta guedeja y cara aguileña se hallaba en el cuarto de ventas, arrellanado en un sillón, adosado éste, sin precisión alguna, a un vetusto escritorio.

       -Buenos días, ¿puedo ayudarlo? ¿Qué flor está buscando?

       -Hola, mmm, quiero rosas rojas para…

       -Bueno chico, has venido a parar a la mejor florería de la ciudad  -interrumpió el vendedor  con un mohín de felicidad.

                  Acto seguido, sacó de los polveados anaqueles, adosados a la pared, dos paquetes plateados, uno mas grande que el otro; y con exquisita destreza, se apresuró a abrirlos, mostrando al joven su contenido.

       -Mira hijo, aquí tienes lo que buscas, escoge.

       El chico miró las dos rosas, y, frunciendo las cejas, intentó hallar la diferencia, fallando en su cometido.

       -No veo diferencia alguna.

       -¡Eh! Mira, la importada es mas grande y la nacional es reducida y su capullo menos tupido.

       Pasó la mano sobre su bolsillo y departió:

       -¿Cuál es el precio?

       -Depende de la cantidad que quieras. Tendrás mayor beneficio si llevas un ramo. La importada está quince soles y la nacional, te lo dejo, por ser las últimas que me quedan, en diez.

       -Pero, dígame ¿cuántas componen en ramo?

       -Diez rosas. Y por supuesto, eso incluye el adorno con lluvia, papel celofán y una tarjeta  que acompaña el ramo.

       -Perfecto, me llevo las nacionales.

       Y sacando un billete en cuyo anverso se hallaba José Abelardo Quiñones con un puntito azul en la nariz, procedió a pagarle.

       -Te llevas un buen producto –murmuró el vendedor, metiendo el billete en el bolsillo de su camisa –En un segundo armo el ramo y te lo entrego.

       Entonces Pablo vio  como aquel tipo de extraña guedeja, diestramente, sacó una tijera del cajón de su escritorio, cortó en un dos por tres  parte del tallo de las rosas que momentos antes había extraído de la  anaquelería, adosó la lluvia, envolvió todo con cintita roja y, con una sonrisa simpática, se lo entregó.

       -Bueno gracias, ya le pagué. Hasta luego. Gracias.

       -Eh, eh, eh, hijo, hijo ¿no te olvidas algo? Mira esto.

       -Uff , lo olvidaba, la tarjeta.

       Dio media vuelta y regresó a llevarse la tarjeta que era zarandeada, como una pequeña y superflua banderita, por el alegre vendedor.

Rosas para la más bella de todas ellas: tú

         Esa fue la frase que escribió con un bolígrafo de rosácea tinta, proporcionada por la misma persona que le hizo recordar lo de la tarjeta, quien con voz briosa, se apresuró a decirle:

       -Me has caído bien chiquillo. Aquí también tenemos servicio de entrega a domicilio. Si gustas puedo llamar a nuestro “taxi driver”. Del precio no te preocupes, es el mismo que cualquier otro. Tú puedes ir con el taxista a la casa de tu novia y constatar la entrega.

       -Pensaba solicitar a un amigo la entrega, pero ya que veo la oferta, pues no hay inconveniente. Llámelo entonces –anunció Pablo.

       -Ja, ja, bien, espera, siéntate en aquella silla, puedes mirar las flores, que nos son muchas, incluso ya ni siquiera me quedan para adornar  la fachada, porque ayer vendí la mayoría  a un hombre que iba a suicidarse, perdón, digo, a casarse.

       -¿Llegará pronto el taxi?

       -En un minuto –dijo el vendedor, y a la sazón levantó el auricular del teléfono amarillo, colocado en un ángulo de su escritorio.

***

Miraba, a través del parabrisas del auto, las casas, desojadas y escamadas por la lengua del sol. Pensaba además, en lo rápido que, corroborando lo dicho por el atento vendedor, había llegado el taxi.

       Sonaba un majestuoso bolero peruano en el radiorreceptor, cuando divisaron la casa de Anie.

       -Ahí es, ahí es ¿ve la casa de ladrillo y una sola planta? Esa es. Pare aquí nomás. Aquí bajo. Miraré desde esta esquina. No deben verme, así habrá mayor sorpresa –informó el muchacho.

       -Bien, ahora que sé el nombre de la muchacha, no te preocupes, deja todo por mi cuenta.

       -Perfecto. Ya sabe que tiene que entregar el ramo y también esta carta.

       -¿Una carta? Pero si ya va la tarjeta –preguntó el viejo chofer.

       -Bueno señor, en la carta he escrito un par de odas.

       -Buen complemento. Ahora mismo hago la entrega. Deja todo en el tablero –cuchicheó el taxista, a la par que miraba sus rubicundos mostachos en el retrovisor interno del vehículo.

       -Tome, quédese con el cambio –dijo Pablo a guisa de agradecimiento

       Luego, se desabrochó el cinturón de seguridad, salió del auto, se posó en una esquina, levantó la cabeza por encima de unos matorrales, vio como el taxista cumplía su tarea, se ilusionó, y otra vez, como a menudo acaecía, él y su corazón volvieron a ser uno solo.

***

-“He dormido poco, he soñado más. He visto las estrellas formar la cabellera de la luna. He oído la voz del mar coquetear con alguna aurora boreal.” –se decía Pablo, después de haber pensado toda la noche en Anie.

        Regresaba de la tienda cargando una bolsa fletada de pan, también cargaba sus ilusiones, sus sueños a futuro, sus alegrías, y a duras penas, su pesado amor; cuando, por aquellos raros estímulos que produce el estar enamorado, miró hacia la casa de su amada, y la vio allí, bellamente adornada de dulzura; sus ojos asemejaban dos estelas doradas en medio del mar azul. Vio además su futuro. Le pareció observar también su propio corazón.

       Después de un largo vaho de amor, que algunos llaman suspiro, atisbó la mano de su princesa, pavoneándose en el aire, con especial significado, como diciendo: “acércate, ven y te llenaré de amor, amor mío.” El  corazón del joven no dudó en caminar oliendo el señuelo, a cada paso que daba le venían a la mente, cual pétalos de rosas obsequiadas, todos sus amores, todas sus vidas.

       Las miradas se cruzaron, y estaban a punto de cruzarse los corazones, cuando una voz voló en medio del silencio:

       -Hola –se oyó en voz femenina.

       -Hola princesa –se oyó en voz enamorada.

       -¡Quiero devolverte tus cosas! ¿Te las doy así, o las meto en una bolsa negra?

       La sonrisa del chico se cubrió de silencio, sus ojos se vistieron de oídos y ensordecieron. Intentó apoyarse en sus sentimientos, sus sueños, pero no estaban. De pronto se vio solo, solo ante aquella mirada, que sí, era la misma de siempre, la que él amaba, la que su corazón amaba, la misma de los ojos como estelas doradas en el mar azul, la misma que en este instante, le exigía una respuesta.

       Una voz temblorosa, intermitente, jadeante, parecida a una lágrima, se escuchó:

       -No, por favor, no me las devuelvas; has con ellas lo que quieras, quémalas, tíralas a la basura, pero no me las devuelvas.

       Al instante, una anómala sensación cubrió el ambiente.

       -Debo irme, tengo trabajo que hacer –informó Pablo.

       -No –la voz femenina surgió.

       Anie, percatándose del daño producido, intentó rectificarse,  pero el corazón del chico ya había empezado a llorar, su deseo de amar y ser amado se había derrumbado. Muy pronto se dio cuenta que los ojos se le llenaban de agua. Quiso ser fuerte y no pudo, quiso responderse sin haberse preguntado. Se restregó los ojos y se marchó, antes de que sus lágrimas derraparan por sus mejillas, como lo había hecho ya, su corazón por el frío pavimento del desprecio…

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