El miraba, con dulzura y especial
cuidado, su nacarado cielo: una nube; atisbaba además una nubecilla
azul: el cielo. De repente, vio volar,
con dirección al mar, un cerúleo pajarito; entonces, despabilándose
un poco, decidió caminar.
El día, como es costumbre en esta ciudad, se presentaba
tórrido, y él, sin otorgarle mayor atención, deambulaba por las
vetustas y ennegrecidas calles, absorto y con las manos embutidas en
los bolsillos. Llevaba casi media hora así, transitando de un lado a
otro, hasta que, al mirar de soslayo hacia un recodo de la calle, la
encontró.
***
Pablo era un pipiolo que acababa de arribar a los dieciséis
años; acababa, también, de arribar a aquel extraño sentimiento que,
esperanzado, feliz y con los ojos fulgurantes, llamaba amor. “El
amor y la metáfora convergen del corazón, colmado de cariño y
ternura; son hadas que me llevan hacia ti. Ven y cúbreme con tu
blanco y delicado manto de amor. Sé tú mi todo en esta mi nada…”
se leía en uno de sus poemas. Hablaba con desmedida efusión,
reportando, a menudo, un sentimiento excitante de felicidad en
aquellos que, con menuda curiosidad o sarcástica ironía, le oían
parlar.
Inesperadamente, aquel sentimiento que lo embelesaba, había
logrado sacar a relucir aquellos sueños y anhelos de vivir, antes
solapados en lo más recóndito de su corazón. Le ilusionaba mucho
crear, en su dilatada mente, hechos a futuro, cuya realización
dependía, a decir suyo, de lo que día a día se le ocurría hacer, con
el objetivo de agradar a su musa.
Entre chirigota y chirigota, sus mejores amigos habían oído
la historia de “la metamorfosis emocional de su vida” por
cuya razón muy rara vez se le veía molesto, y si en alguna
oportunidad entristecía, era sólo por el anhelo y el óbice de no
poder tener todo el día aquel icono diáfano, del cual era
exentamente cautivo, y cuyo fundamento exhumaba cada ves que
recordaba a Anie.
***
Cuando llegó a la florería, una sonrisa ensanchó sus mejillas.
Detenido en la acera, atisbaba, con gesto escrutador, el letrero
publicitario de aquel establecimiento.
-¡Hazte a un lado idiota!- le ladró un hombre, empujándolo
fuertemente con su cuerpo rechoncho, para que, después, musitando
algo, se fuese mirándolo con mohín de enojo.
Entonces advirtió que se había posado en medio de la acera,
obstruyendo y entorpeciendo el paso. Miró su alrededor. El humo de
los carros, el ir y venir de la gente, era exasperante, casi tanto
como el sonido inarmónico de los gritos de los cobradores de combi,
la conversación estrepitosa de las personas, el rugir de los motores
que imitaban la voz ronca del limosnero de la esquina. Todo era
rápido, desmesuradamente rápido, en comparación con el eterno cambio
de luz del semáforo o con el bostezo del policía de tránsito.
El sol parecía empecinarse en hacer exudar a la gente; y lo
logró cuando un hombre obeso, con mirada turbia y la cara hecha un
mar, atravesó la calle, tambaleándose de un lado a otro, intentando
equilibrar su vasto peso, a la par que pretendía, con un brazo en
alto, detener una combi. “La ciudad se asemeja a una vieja que
a duras penas soporta, en sus arterias, las múltiples oscilaciones
diarias” dijo Pablo para sus adentros; acto seguido, decidió
entrar.
Después de haber
atravesado el umbral de la enrejada puerta de metal, caminaba por un
nebuloso corredor, y sintió que el ambiente estaba fletado de vaho
de flores, entonces volvió a pensar en ella.
Un hombre de hirsuta guedeja y cara aguileña se hallaba en el
cuarto de ventas, arrellanado en un sillón, adosado éste, sin
precisión alguna, a un vetusto escritorio.
-Buenos días, ¿puedo
ayudarlo? ¿Qué flor está buscando?
-Hola, mmm, quiero
rosas rojas para…
-Bueno chico, has venido a parar a la mejor florería de la
ciudad -interrumpió el vendedor con un mohín de felicidad.
Acto seguido, sacó de los polveados anaqueles,
adosados a la pared, dos paquetes plateados, uno mas grande que el
otro; y con exquisita destreza, se apresuró a abrirlos, mostrando al
joven su contenido.
-Mira hijo, aquí
tienes lo que buscas, escoge.
El chico miró las dos rosas, y, frunciendo las cejas, intentó
hallar la diferencia, fallando en su cometido.
-No veo diferencia
alguna.
-¡Eh! Mira, la importada es mas grande y la nacional es
reducida y su capullo menos tupido.
Pasó la mano sobre su
bolsillo y departió:
-¿Cuál es el precio?
-Depende de la cantidad que quieras. Tendrás mayor beneficio
si llevas un ramo. La importada está quince soles y la nacional, te
lo dejo, por ser las últimas que me quedan, en diez.
-Pero, dígame
¿cuántas componen en ramo?
-Diez rosas. Y por supuesto, eso incluye el adorno con
lluvia, papel celofán y una tarjeta que acompaña el ramo.
-Perfecto, me llevo
las nacionales.
Y sacando un billete en cuyo anverso se hallaba José Abelardo
Quiñones con un puntito azul en la nariz, procedió a pagarle.
-Te llevas un buen producto –murmuró el vendedor, metiendo el
billete en el bolsillo de su camisa –En un segundo armo el ramo y te
lo entrego.
Entonces Pablo vio como aquel tipo de extraña guedeja,
diestramente, sacó una tijera del cajón de su escritorio, cortó en
un dos por tres parte del tallo de las rosas que momentos antes
había extraído de la anaquelería, adosó la lluvia, envolvió
todo con cintita roja y, con una sonrisa simpática, se lo entregó.
-Bueno gracias, ya le
pagué. Hasta luego. Gracias.
-Eh, eh, eh, hijo,
hijo ¿no te olvidas algo? Mira esto.
-Uff , lo olvidaba,
la tarjeta.
Dio media vuelta y regresó a llevarse la tarjeta que era
zarandeada, como una pequeña y superflua banderita, por el alegre
vendedor.
Rosas para la más bella de todas ellas: tú
Esa fue la frase que escribió con un
bolígrafo de rosácea tinta, proporcionada por la misma persona que
le hizo recordar lo de la tarjeta, quien con voz briosa, se apresuró
a decirle:
-Me has caído bien chiquillo. Aquí también tenemos servicio
de entrega a domicilio. Si gustas puedo llamar a nuestro “taxi
driver”. Del precio no te preocupes, es el mismo que cualquier
otro. Tú puedes ir con el taxista a la casa de tu novia y constatar
la entrega.
-Pensaba solicitar a un amigo la entrega, pero ya que veo la
oferta, pues no hay inconveniente. Llámelo entonces –anunció Pablo.
-Ja, ja, bien, espera, siéntate en aquella silla, puedes
mirar las flores, que nos son muchas, incluso ya ni siquiera me
quedan para adornar la fachada, porque ayer vendí la mayoría a un
hombre que iba a suicidarse, perdón, digo, a casarse.
-¿Llegará pronto el
taxi?
-En un minuto –dijo el vendedor, y a la sazón levantó el
auricular del teléfono amarillo, colocado en un ángulo de su
escritorio.
***
Miraba, a través del parabrisas del auto, las casas, desojadas y
escamadas por la lengua del sol. Pensaba además, en lo rápido que,
corroborando lo dicho por el atento vendedor, había llegado el taxi.
Sonaba un majestuoso bolero peruano en el radiorreceptor,
cuando divisaron la casa de Anie.
-Ahí es, ahí es ¿ve la casa de ladrillo y una sola planta?
Esa es. Pare aquí nomás. Aquí bajo. Miraré desde esta esquina. No
deben verme, así habrá mayor sorpresa –informó el muchacho.
-Bien, ahora que sé el nombre de la muchacha, no te
preocupes, deja todo por mi cuenta.
-Perfecto. Ya sabe
que tiene que entregar el ramo y también esta carta.
-¿Una carta? Pero si
ya va la tarjeta –preguntó el viejo chofer.
-Bueno señor, en la
carta he escrito un par de odas.
-Buen complemento. Ahora mismo hago la entrega. Deja todo en
el tablero –cuchicheó el taxista, a la par que miraba sus rubicundos
mostachos en el retrovisor interno del vehículo.
-Tome, quédese con el
cambio –dijo Pablo a guisa de agradecimiento
Luego, se desabrochó el cinturón de seguridad, salió del
auto, se posó en una esquina, levantó la cabeza por encima de unos
matorrales, vio como el taxista cumplía su tarea, se ilusionó, y
otra vez, como a menudo acaecía, él y su corazón volvieron a ser uno
solo.
***
-“He dormido poco, he soñado más. He visto las
estrellas formar la cabellera de la luna. He oído la voz del mar
coquetear con alguna aurora boreal.” –se decía Pablo, después de
haber pensado toda la noche en Anie.
Regresaba de la tienda cargando una bolsa fletada de pan,
también cargaba sus ilusiones, sus sueños a futuro, sus alegrías, y
a duras penas, su pesado amor; cuando, por aquellos raros estímulos
que produce el estar enamorado, miró hacia la casa de su amada, y la
vio allí, bellamente adornada de dulzura; sus ojos asemejaban dos
estelas doradas en medio del mar azul. Vio además su futuro. Le
pareció observar también su propio corazón.
Después de un largo vaho de amor, que algunos llaman suspiro,
atisbó la mano de su princesa, pavoneándose en el aire, con especial
significado, como diciendo: “acércate, ven y te llenaré de amor,
amor mío.” El corazón del joven no dudó en caminar oliendo el
señuelo, a cada paso que daba le venían a la mente, cual pétalos de
rosas obsequiadas, todos sus amores, todas sus vidas.
Las miradas se cruzaron, y estaban a punto de cruzarse los
corazones, cuando una voz voló en medio del silencio:
-Hola –se oyó en voz
femenina.
-Hola princesa –se
oyó en voz enamorada.
-¡Quiero devolverte
tus cosas! ¿Te las doy así, o las meto en una bolsa negra?
La sonrisa del chico se cubrió de silencio, sus ojos se
vistieron de oídos y ensordecieron. Intentó apoyarse en sus
sentimientos, sus sueños, pero no estaban. De pronto se vio solo,
solo ante aquella mirada, que sí, era la misma de siempre, la que él
amaba, la que su corazón amaba, la misma de los ojos como estelas
doradas en el mar azul, la misma que en este instante, le exigía una
respuesta.
Una voz temblorosa,
intermitente, jadeante, parecida a una lágrima, se escuchó:
-No, por favor, no me las devuelvas; has con ellas lo que
quieras, quémalas, tíralas a la basura, pero no me las devuelvas.
Al instante, una
anómala sensación cubrió el ambiente.
-Debo irme, tengo
trabajo que hacer –informó Pablo.
-No –la voz femenina
surgió.
Anie, percatándose del daño producido, intentó rectificarse,
pero el corazón del chico ya había empezado a llorar, su deseo de
amar y ser amado se había derrumbado. Muy pronto se dio cuenta que
los ojos se le llenaban de agua. Quiso ser fuerte y no pudo, quiso
responderse sin haberse preguntado. Se restregó los ojos y se
marchó, antes de que sus lágrimas derraparan por sus mejillas, como
lo había hecho ya, su corazón por el frío pavimento del desprecio…