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Huamachuco y el mensaje de las piedras

Al expirar el año 2006 y con ganas de renovar energías en la sierra andina de La Libertad, llegamos hasta las alturas de Huamachuco en medio de truenos, relámpagos, lluvia, y el embriagante calor de su gente que abriga las campiñas de esta tierra de legendarios personajes y milenarios monumentos de piedras que se alzan por caminos inca y la adrenalina que convoca a los turistas, a sólo 15 horas de Lima. 

Escribe: Iván Reyna Ramos
Fotos: Manuel Quintasi Laura

Para algunos la ruta empieza en Lima y para otros en Trujillo. Pero dondequiera que arranque su travesía, lo cierto es que, antes de llegar a Huamachuco (Gorro de Halcón) se pasa por seis de las ocho regiones naturales que plantea Javier Pulgar Vidal, y que el profesor Iván La Riva (nuestro guía), recoge puntualmente para explicarnos paso a paso las secuencias de las regiones, mientras dejamos Trujillo al mediodía. 

Aquisito nomás
El sembrío de cañas de azúcar pinta de verde el inicio de la ruta que conduce a Huamachuco. “Este es el puente Con Con sobre el río Moche, y aquí dejamos la región Chala o Costa, y ahora empiezan los cactus y la cabuya, propias de la región Yunga”, nos ilustra el profesor Iván. Más
adelante, el ambiente se torna seco, y entonces saltan a la vista las retamas y eucaliptos habitables en la región Quechua. El camino continúa y hay que abrigarse un poco más porque estamos trepando el Cerro Sango sobre los 3,500 metros sobre el nivel del mar, “estamos ahora en la región Suni” advierte el profesor. El frío seco se hace sentir y la cuesta arriba sigue hasta encontrar el asiento minero Shorey a 3,720 metros de altura y un poco más arriba se encuentra Quiruvilca, el otro reducto minero sobre los 4,800 metros, “esta es la región Puna”, otra vez el profesor Iván con las referencias precisas. Pero el ascenso de esta ruta es hasta los 4,300 metros sobre el nivel del mar, hasta el lugar conocido como Pampa de la Julia, donde el granizo arropa la vegetación de ichus. “Ahora podemos divisar los nevados de la Cordillera Blanca que forman parte de la región Janca”, vuelve el profesor Iván a informarnos de las ya seis regiones naturales que hemos recorrido, y que es el momento para descender.

Un recorrido que se eleva en pisos ecológicos y una carretera con la promesa de asfaltarse próximamente. Por ahora, el polvo es el ingrediente de la aventura en un gélido ambiente de campiñas, pastorcitos, nieves y lagunas que alientan el trayecto, y como dicen por aquí, de Trujillo a Huamachuco es aquisito nomás, tan solo ocho horas de viaje. 

Así, estábamos abrigados del calor de las tierras de los antiguos wachemines y señorío de los Huamachucos. El calor de su gente, de sus tradiciones, de su cultura y de sus sueños que nos acompañaron durante tres días en los predios de Huamachuco. En las tierras que se abre paso al futuro mediante el circuito turístico del Micro Corredor Andino Huamachuco-Yanasara, que el Instituto de Desarrollo del Sector Informal para la Libertad (IDESI-LL) se ha empeñado en escribir la historia con un proyecto prometedor y sostenible.

Eylen Serruto Perea, directora de IDESI-LL, nos cuenta que uno de los objetivos del proyecto es beneficiar a 500 personas del lugar y que estén relacionadas con la actividad turística. “Contamos con programas de capacitación, articulación empresarial y comercial, pues ya estamos formando orientadores turísticos, a fin de promover el turismo ecológico, natural y juvenil, para que el flujo de turismo se incremente y Huamachuco esté dentro de los destino turísticos del Perú”. 

Vuelo de halcón
Como en todos los viajes, es casi una obligación darse un paseo por la plaza y conocer el corazón de su historia. Huamachuco y su catedral alzan a un lado el arco del campanario con una historia de alma popular. Es común ver a sus habitantes desafiar a la naturaleza al caminar sobre corrientes de aguas venidas de las incesantes lluvias. Encontrarse con la morada de José Faustino Sánchez Carrión y los cimientos de una cultura que no debe morir. Un nuevo museo expresa la riqueza pasada de los Huamachucos. Algunas viviendas aún se mantienen en pie levantadas con sudor andino y piedras incas. Este es un viaje de muchas huellas, de mucho valor, de muchos espíritus y de muchas piedras.

La soleada mañana nos conduce a Wiracochapampa, que en quechua quiere decir “Pampa de los Caballeros” o también “Pampa de los Dioses”. Aquí, a 3,070 metros sobre el nivel del mar y alejados a tres kilómetros al norte de la ciudad de Huamachuco, un bosque de eucalipto y un tramo del Gran Camino Inca nos encaminan por las mismas pisadas de Atahualpa al reencuentro con los vestigios de una enigmática ciudad de piedra, de unos 500 metros cuadrados nada menos, edificada con arenisca blanca, aseguradas con cuñas y pegadas con barro de arcilla roja, que según las investigaciones, habría sido construida por la antigua etnia de los Huaris de Ayacucho. 

Hoy, las paredes se esconden en medio de la vegetación silvestre que ha ganado espacio. Al ingresar intentamos armar el rompecabezas de su distribución, siempre con la ayuda del profesor Iván. Todavía se pueden ver restos de acequias que probablemente llevó agua a este lugar; además de plazuelas, campos de concentración, templos, viviendas y depósitos. Un solo monumento que se encierra en su propia tierra, en su propio misterio. Atrapado por quienes no entienden la historia de los pueblos al permitirse el cultivos de las tierras en el interior de la ciudadela y la destrucción paulatina de su propia cultura. 

Con una respetable decisión política y cultural y una buena inversión económica, Wiracochapampa brillaría con luz propia, como en sus mejores tiempos, tal vez como en sus inicios. Sin embargo, en estos tiempos, su gente muestra las mejores ganas por cultivar la herencia de muchos siglos atrás, y por eso no vacilan en representar la danza de los “Indios Fieles”, unos emplumados que interpretan la adoración a Dios y a la Virgen. Uno de los
bailarines es Samuel Tandaypan (18), quien nos cuenta “Mi generación está decidida a revalorar las tradiciones perdidas, esta es la danza de Huamachuco y bailamos desde muy niños”. Así como Samuel, son 80 los integrantes de un taller que intenta mantener viva las costumbres de un pueblo que hace los esfuerzos por alzar vuelo.

Si bien, Wiracochapampa fue construida para celebrar rituales pero jamás habitada, como lo aseguran sus más fervientes historiadores, requiere de una mirada más atenta de las autoridades locales, del INC y también del sector privado. Es una joya del pasado en estos tiempos en que Huamachuco pretende crecer como destino turístico, como el vuelo de un halcón que enseña equilibrio y serenidad en las alturas donde el tiempo y las quebradas son parte de la vida.

Ventana de piedras
De la ciudad de piedra, nos trasladamos a otro monumento igualmente de piedra: Marcahuamachuco. Algunos escriben Markawamachuco (Con K) y también es correcto porque está en el idioma Kulli, la lengua originaria y propia de los antiguos habitantes de Huamachuco.

Desde la ciudad de Huamachuco se sale rumbo al noreste. El camino comienza a elevarse y abajo el río bañando las bases de las paredes rocosas. Por momentos las profundidades se recuestan a nuestros pies y el vértigo empieza a sentirse. El alma aventurero se encuentra en su mejor momento. Caminata, aire puro, abismos. Pero también el sol hace su aparición por momentos y es hora de imprimir las mejores placas fotográficas. Ya con unos minutos a cuestas, desde lo alto se puede ver la ciudad de Huamachuco sobre un terreno plano y con pista de aterrizaje para avionetas y helicópteros. 

Pero la ruta tiene su propio encanto. Abundante
vegetación silvestre animan la vida en los imponentes cerros. Los aventureros abren sus sentidos cuando en la ruta despierta el sol, la lluvia, granizos, truenos, neblina y sombras. Despierta la inspiración que se trepa entre piedras, la fría temperatura y halcones surcando el cielo de Marcahuamachuco. Abajo duermen los poblados de Condebamba y Sanagorán, en un valle donde mora el silencio y la rutina andina.

Así, repletos de emociones llegamos al pico más alto. Una contundente muralla de hasta 14 metros de altura da la bienvenida a los 5 kilómetros de largo por unos 600 metros de ancho que se compone el complejo arqueológico alzado en piedras. Estamos a 10 kilómetros de la ciudad de Huamachuco, a 3,750 metros sobre el nivel del mar. Aquí en los altos de esta montaña, es un perfecto mirador natural al recorrer la vista cómo se estira la cordillera de los Andes. Este es el Machu Picchu del Norte, así lo bautizó el fallecido presidente Fernando Belaúnde Terry.

Según algunas investigaciones científicas, Marcahuamachuco en sus buenos años, allá por el año 400 después de Cristo, fue el centro de la vida económica, política y religiosa de toda la provincia. Sólo unos trabajos de excavación en 1987,
determinaron la importante función de las galerías rectangulares del Cerro del Castillo que sirvió para el reposo y la hospitalidad. Por sus estructuras se sabe que calmó largas horas de reuniones. Pero también se han encontrado ollas grandes, vasos pintados y coladores que sirvieron para la degustación de chicha y comidas en ceremonias y rituales a la madre naturaleza. Hoy perfectas ventanas de piedras que permiten mirar el pasado y también el futuro. Ventanas sin marcos ni vidrios, ventanas desnudas, sin ataduras y en el que todos podemos entrar a su historia y salir a conservarla.

Otro de los atractivos de Marcahuamachuco es el Cerro de las Monjas, que por sus dimensiones y diseños de piedra se le ha interpretado como un convento por parecerse a los Acllahuasis de los incas. Aquí se hallan siete edificaciones circulares, encontramos una doble muralla con porte defensiva y la recorrimos hasta escuchar el mensaje de los antiguos guerreros, de los soplos de aires, de las luces que atraviesan las rendijas, de los espíritus que animan la imponente arquitectura y de un claustro que se resiste a morir.

Pero también escuchamos una voz real, la de Luis Peña, el guardián de la ciudadela, quien de entrada nos habla del plano de Marcahuamachuco que se le ha encomendado cuidar las 24 horas del día. “Estos edificios están separados pero a la vez unidos. Tanto los galpones nichados como las galerías se encuentran separados, pero de pronto hay algo de coordinación entre ellos”. Y entonces nos dimos cuenta que en la meseta las posibilidades son mínimas para abastecerse de agua. Pero Luis, con un poco más de información arqueológica y sabiduría andina, inmediatamente nos ilustra que “el complejo sí contaba con agua suficiente al recibir por medio de un canal las aguas de los deshielos”. Y claro que tiene razón, no hay otra explicación, y las evidencias así lo demuestran.

Esta arquitectura se puede ver desde unos 50 kilómetros de distancia. El asombro inquieta a los visitantes. Pero un mayor desafío sería acampar por las noches en estas mismas alturas, premunidos del mejor espíritu aventurero y escribir las vivencias nocturnas de Marcahuamachuco. Este será materia de otro viaje y de otra crónica, una entrega periodística pendiente, en estos tiempos de ímpetu y ajetreos turísticos. 

Agua que no se seca
También nos trasladamos hasta la laguna de Sausacocha, que significa “Laguna que no se seca”, al este de Huamachuco. Sólo nueve kilómetros separan de la ciudad con esta laguna de leyendas y otros relatos orales que se sumergen hasta 12 metros de profundidad y sus cuatro kilómetros cuadrados de espejos de agua.

Por el camino, muchos eucaliptos y mucha gente pastando sus ovejas animan las campiñas. La carretera divide las praderas y pueblitos, que en media hora ya estamos en Sausacocha, el lugar conocido por la crianza de truchas y carpas. Entonces, el apetito aumentaba, y mirando el reloj, era al mediodía, justo a la hora del almuerzo. Había que pasar a una indispensable sesión gastronómica. El restaurante “Piscis” nos llama la atención. Sentados bajo toldos de pajas, pedí una exquisita trucha a la parrilla, y Manuel Quintasi, mi reportero gráfico, un suculento estofado de pato.

Antes de continuar el viaje, una vuelta por la laguna que se rodea de totorales, gramas y carrizos, y hábitat de patos silvestres, gallaretas y peces. Una laguna que se mueve por botes y kayac a remo. Esta es una buena práctica ecoturística sostenible, lejos del derrame de combustible y los ruidos que impactan la naturaleza. 

Ya cuando nos despedíamos, descendían los negros nubarrones y los botes esperaban tranquilos el caer la tarde. La serenidad, la calma, también se apoderaban de sus aguas. Aguas que no deben de secarse con nuestros actos que desarmonizan nuestra propia naturaleza. Un hermoso paraje rodeado de cerros miradores y la cordialidad de su gente.

Sale caliente
Enrumbamos a Yanasara, un destino que se abre por una carretera de abismos, paisajes, cataratas, ríos y quebradas profundas. Esta es una ruta donde abundan eucaliptos, taras, guarangos, molle, retama y flores silvestres que pintan de armonía con los tejados rojos de las casas de barros. Un vivo paisaje de los andes que el pincel del artista graba en los cuadros. Un recorrido con todos sus matices, luces y colores.

De pronto, Iván La Riva, mi tocayo, me advierte que viene algo sorprendente. Es el paso conocido como “El Potrerillo” (A 17 kilómetros de Huamachuco), un tramo insospechado para el vértigo y la adrenalina. Aquí, las quebradas se encuentran en picadas y las lluvias hacen rodar tumbos de huaycos interrumpiendo el tránsito en épocas de lluvias (de diciembre a marzo). Pero las formaciones rocosas y la estrechez de la carretera, tienen su propio camino de aventura, tienen su propio encanto, y también las pericias de un chofer que se empeña en llegar a su destino.

Sin duda es una ruta para los aventureros, y también para la solidaridad de los transportistas que se dan paso, mientras bajamos hasta los 2,400 metros sobre el nivel del mar en que sería nuestro refugio. Y solo al dejar los abismos, un arco iris se lucía en los azules del cielo humachuquino, llamando la atención de la tarde y una buena compañía entre cerros, neblinas, corderos, toros, caballos y burros que se esconden con el manto de la oscuridad de la noche. Así, llegamos a Yanasara que quiere decir “Maíz Negro”, perteneciente al distrito de Curgos, a dos horas de Huamachuco.

Antes de descansar, nos sumergimos en una de las piscinas de aguas termales de Yanasara con temperaturas que superan los 40 grados. Su uso medicinal tiene la acogida especialmente para los tratamientos de reumatismos y otras dolencias. Las aguas azufradas brotan del cerro Canllipatay, y la Comunidad Campesina “Francisco Pinillos Montoya” le ha impregnado un toque turístico y comercial. Así, Faustino Escobedo, encargado del ingreso a estos baños calientes, nos cuenta que “Cada vez vienen más gente de Huamachuco y también algunos turistas ya saben que las aguas termales de Yanasara curan algunas enfermedades”. 

Con un cierto alivio corporal, esa noche pernoctamos
en el albergue que el sacerdote Jaime Gari ha construido a orillas del río Chuzgón, en un campo apacible, con todas las comodidades para descansar, comer y recrearse con la naturaleza, a 26 kilómetros de Huamachuco.

Lo que entre otras cosas llaman la atención de este albergue son los servicios a precios cómodos y al alcance de todos los bolsillos. Nosotros nos sentimos atraídos por su abierta naturaleza y los rincones que aún faltan visitar. En suma, el periplo de tres días nos condujo a las entrañas del futuro turístico del Micro Corredor Andino Huamachuco-Yanasara, con potencialidades a desarrollar el turismo de aventura, vivencial, gastronómico, floclor, de naturaleza, arqueológico y de artesanía. Dejamos a los operadores turísticos como Raúl Jordán Jáuregui de JNC Tours, para que nos hable, “Estoy asombrado con tantas maravillas que ofrece Huamachuco y al que hay que promocionar sin vacilaciones”. En esa misma línea, Víctor Ojeda Malásquez de Inti Inkas Tours, con indudable proyección anunció que “El 2007 será el año de Huamachuco porque a través de mi agencia traeré a mucha gente a conocer estos destinos atractivos, únicos y de mucho futuro”. Así de contundente y de visionario son los mensajes de los hombres, de los expertos, de los que hacen turismo sostenible en nuestro país.

Así, llegamos al final de esta historia, al final del año 2006. Con renovada energía y algo más de nuestro Perú, levantamos nuestra mochila rumbera sobre las espaldas y otra vez en el camino de retorno, primero a Huamachuco, luego a Trujillo y finalmente a Lima. Muchas horas de viaje, leímos un poco de “Viajero antes que Turista” que nos regaló Iván La Riva, despedimos algunos amigos en el camino, y siempre anotando en nuestra libreta que Huamachuco despierta, amanece y retumban sus mensajes: un destino al que siempre hay que volver.


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