LA DIMENSION HUMANA DE CIRO ALEGRIA

Por Luis Peña Rebaza

 

Muchas veces conocemos las obras escritas y algunos datos biográficos acerca de la vida de un determinado personaje, pero desconocemos en absoluto facetas trascendentales de sus experiencias de vida, del contexto geográfico y natural, social, cultural y económico que, en mayor o menor medida, fueron moldeando al hombre que luego hemos conocido a través de la lectura de sus novelas. Este breve artículo intenta acercarse y dar a conocer al Ciro Alegría como ser humano, quien tuvo sus anhelos y sueños, fe y esperanzas, luchas, fracasos y logros. Entendiéndolo así quizá podamos captar en su real dimensión, el profundo mensaje inmerso en sus novelas, las ansias de justicia social, de querencia a la naturaleza, de identificación y rescate de nuestros valores culturales con miras al logro de nuestra identidad como provincia, como pueblo y, finalmente, como país.

Según me han contado, no di muchas muestras de querer llegar al mundo. Como en esas abruptas soledades no abundan hasta hoy los médicos-en aquellos tiempos el más próximo estaba a dos días de camino- la comadrona agotó inútilmente sus recursos para que yo saliera a ver la luz o la sombra de esa noche que tenía alguna importancia para mí.

Así empieza Ciro Alegría a narrar su nacimiento en la hacienda de Quilca en Sartimbamba, la noche del 4 de noviembre de 1909. Nacimiento difícil en una región del interior del país y, más aún, al interior de la capital de la provincia que, por entonces, se denominaba Huamachuco.

Por la riquísima herencia oral recibida, el novelista se  refiere a su tatarabuelo Diego Lynch que vivía en la provincia de Pataz, quien… tuvo una mina de oro famosa. En su tiempo, era el hombre más rico en cincuenta leguas a la redonda. Los irlandeses son propensos a la fantasía y la arrogancia. Mientras anduvo con los bolsillos atestados de oro, Diego Lynch fue un derrochador fastuoso. Pero sucedió de pronto que la mina, por las filtraciones, se llenó de agua. Entonces le apareció a Diego Lynch, en grande otra característica irlandesa: la terquedad. No conocíase la dinamita aún y se propuso abrir un boquete en el cerro de la roca, para desaguar la mina. Con pico y pólvora trabajaban él y los peones y la tarea llevó años. Fue acabando con su riqueza en el empeño. Cuando murió súbitamente dejó a su mujer, por toda herencia, una docena de cucharillas de plata y varios hijos.

La herencia irlandesa que, en cierta medida, Ciro conservó y desarrolló en su vida en varias facetas, sobre todo, en aquella de su prodigioso poder de imaginación y fantasía que es tan necesario inculcar en los niños, seres creativos por excelencia.

También se refiere a su abuelo Teodoro Alegría que vivía en Cajabamba: Era famoso en la región como hombre altivo de a caballo y muy querido por el pueblo. Para el tiempo de su santo, por  entonces se hablaba de  tiempo y no día, todos sus amigos y comadres y compadres le hacían regalos y acudían las dos bandas de músicos del pueblo y la celebración duraba quince días. Por esas y otras cosas se le mentaba...  Cuando una autoridad de Cajabamba-subprefecto, juez-se portaba mal, el pueblo iba en busca de don Teodoro pidiendo justicia y entonces él, encabezando al pueblo, tomaba a la mala autoridad, la hacía montar en un burro y la iba a dejar, con banda de músicos y cohetes, a las afueras de la ciudad. El expulsado no volvía más. Don Teodoro explicaba: “Si nos quejamos a la capital, no nos harán caso. En Lima se ríen de las provincias y nos llenan de logreros... Nosotros también debemos reírnos entonces”.

Indudablemente, desde los ancestros familiares se va perfilando en nuestro escritor el anhelo y sed de justicia que, posteriormente, va a plasmar en el accionar de los personajes centrales de sus libros; en especial, en la grandiosa figura del comunero Rosendo Maqui epopéyico personaje a quien el premio Nóbel de Literatura José Saramago compara con la figura del inmortal Quijote.