CRONICAS DE VIAJE
Aventura extrema en las
alturas de Huamachuco
Comparto la afirmación: "… las montañas de nuestros Andes siempre
han sido el símbolo de los retos y de los desafíos. De aquellos que
una vez cumplidos, dan una satisfacción íntima que se suele asemejar
a ciertos momentos de la vivencia mística y espiritual".

Escribe: Iván la Riva Vegazzo
Entre los deportes de aventura, el andinismo y el trekking son los
que permiten acceder a las montañas con mayor intensidad y pasar por
instantes de extrema exigencia física. Puedo afirmar que un lugar
apropiado para practicar estas dos disciplinas es el tramo del Capac
Ñan o Gran Camino Inca, conocido como La Escalerilla en las alturas
de Huamachuco, en La Libertad, departamento que tiene el privilegio
que esta importante vía ancestral lo cruce de sur a norte.
La expansión territorial inca y la integración socioeconómica de las
provincias del Tawantinsuyo no habrían podido realizarse sin el
desarrollo de un eficaz sistema vial. Es probable que los caminos
tuvieran un origen preincaico, construidos por poderosas entidades
políticas como los estados wari y chimú. Precisamente, en Huamachuco
se puede apreciar también el Capac Ñan haciendo su ingreso a la
ciudadela wari de Wiracochapampa, para luego dirigirse a Cajamarca.
La
ingeniería incaica construyó el espectacular paso de La Escalerilla
con piedras labradas que colocaron al borde de la cordillera en una
extensión de aproximadamente cinco kilómetros. El camino se
encuentra arriba de los 4,000 metros sobre el nivel del mar
originando, por su altura, profundos abismos.
El
cronista Cieza de León, quien durante la conquista recorrió gran
parte del territorio inca gracias al Capac Ñam, escribe en sus
Crónicas del Perú: "Una de las cosas de que yo más admiré
contemplando y notando las cosas deste reyno fue pensar cómo y de
que manera se pudieron hazer caminos tan grandes y soverbios como
por él vemos y qué fuerzas de hombres bastaron para poder hazer y
con que herramientas y estrumentos pudieron allanar los montes y
quebrantar las peñas para hazerlos tan anchos y buenos como están;
…"
Tuve la oportunidad de cruzar La Escalerilla por primera vez en
compañía de mis alumnos universitarios quienes me dieron ejemplo de
coraje para vencer tan difícil camino pese a sus limitadas
capacidades físicas en un medio tan distinto al suyo. Aquel ejemplo
de entusiasmo juvenil originó en mí un reto mayor: Caminarlo
nuevamente, pero solo. Sin más compañía que del Altísimo y de mi
decisión de no desmayar en el intento. Y así lo hice.
Mi
solitaria aventura la inicié en la laguna de Cushuro, bello paraje
donde los comuneros se dedican a la crianza de gráciles vicuñas. Al
frente se levanta el majestuoso pico Huaylillas, impresionante Apu o
montaña sagrada de 4,917 metros de altura. Pude distinguir la cueva
donde se escondió el héroe Leoncio Prado, a quien los chilenos
fusilaron por el "único delito de haber defendido a la patria".
El
primer tramo es poco perceptible, pero ello no impidió que llegase
al "primer portachuelo". Portachuelo le llaman al paso entre dos
montañas. A los 4,168 metros sobre el nivel del mar diviso la
continuación del Capac Ñan bordeando la cordillera para dirigirse al
segundo portachuelo. Dos kilómetros separan uno de otro. Empiezo a
sentir la fatiga a causa de la altura.
El camino al segundo portachuelo es largo y agotador. La escalinata
de piedras labradas me facilita el ascenso. Caminando este tramo
siento orgullo de la obra de los antiguos peruanos por su trabajo,
pocas veces imitado y menos superado. La cima está sobre los 4,300
m.s.n.m. El fuerte viento pretende hacerme caer. Desde la altura veo
la prolongación del camino siempre bordeando la montaña. Frente a mí
está el tramo más difícil de la jornada.
En
la lejanía confirmo: "…la cordillera de los Andes es la ruta de la
relación estrecha entre la naturaleza y la cultura." La naturaleza
es la masa gigantesca de piedra que pone a prueba mi estado físico y
mental; mientras que la cultura es el tramo del Capac Ñam que
transito con entusiasmo y respeto.
Un estrecho desfiladero pétreo me lleva al tercer portachuelo. Debo
tomar decisiones pues la noche se acerca. Para acometer el último y
más pronunciado ascenso deberé estar suficientemente descansado.
Decido acampar. Desciendo por el camino, convertido en un perfecto
zigzag, hasta una pequeña llanura frente a una laguna que se ha f
ormado
metros abajo. Un arbolito es mi compañía. Ni pensar en cortarlo para
que me sirva de leña pese al frío que ya arrecia. Son las 6.30 de la
tarde, estoy a 4,100 m.s.n.m. y el tercer portachuelo esta cubierto
de nubes.
Dentro de mi carpa la noche se me hace eterna por el intenso frío.
Mi soledad es doblemente soledad. Imagino ver pasar los ejércitos
incas y los chasquis; a Pizarro y sus huestes rumbo al Cuzco;
también a Cáceres en su huida luego de la batalla de Huamachuco.
Allí estaba yo, en un lugar tan histórico. Solo.
Temprano y aprovechando la calidez de los primeros rayos del sol
acometí la última etapa de mi aventura. Ascender la empinada
escalera de piedras labradas para coronar el tercer portachuelo
sobre los 4,500 m.s.n.m. me llevó tres horas. Bajando por la
escalinata opuesta, diviso con admiración el Capac Ñam cruzando la
Pampa del Cóndor en dirección al sur en su ruta hacia el Cuzco.
Mi solitaria aventura ha culminado. Comparto un desayuno andino en
la choza de Cesar e Isabel, dos pastores que conocí en el viaje
anterior. Gracias al Capac Ñan pude vencer la gran montaña.
Recordando el camino recorrido me siento el David vencedor de
Goliat.
Artìculo
publicado en www.rumbosdelperu.com
