|
|
Luis Flores Prado
Caràtula y contracaràtula de la ùltima obra editada de Luis Flores Prado EL QUISHPI CÓNDORMIS ABUELAS “Hay rasguños que sangran aún después de mucho tiempo, dados en la frente, en el pecho. De pronto el zarpazo cruza las edades y se incrusta repentino, tiene el perfil de media luna, penetra blandamente como una mordida de la víbora y se esparce convulsivamente por todo el horizonte.” Su pelo suavemente plateado, largo, trenzado sobre su cabeza. ─ Ésta vieja maldita ha de estar revolcándose aún en su tumba. Yo no lo he perdonado nunca; lo que hizo conmigo lo ha pagado, así como me cuentas que murió, lo merecía. – Agitaba sus manos con los codos sobre la mesa, y con un giro violento la golpeo con el dorso de la mano abierta: ─ Me mandó aquí a “desgranarme como maíz”, según dijo, para llenarme de hijos, del jardinero, del panadero, del heladero, del basurero... – Su tez, arcilla cruda, arrugada, se humedeció y sus ojos miraron el vacío, el cielo gris, turbio, soso de Lima; y con el mismo dorso del golpe se limpia las lágrimas, su voz seguía igual de firme, rencor añejo, borbotéate. ─ Maldita la hora en que mi papá me mandó a trabajar en esa casa, pero como era el caporal de “ese hombre”, que iba a decir el pobre viejo. – Estremecida por el recuerdo, avergonzada de eso, impotente aún; cruzó las manos sobre la mesa y dejo que las lágrimas surcaran silenciosamente sus arrugas. La que llora debe tener unos sesenta años, lleva un mandil azul con bolitas blancas, sin mangas, sus brazos son duros, de lavandera, de lustradora de pisos, de barrendera; su rostro es pétreo, de labios carnosos, de espesas cejas cenicientas, su gran arruga en la frente simula el debate de una lejana ave, lleva horadadas las orejas, gira el cuerpo y se hace de un trapo, limpiándose las lágrimas. OOO La otra viene de pronto, tiernamente, en penumbra, en orfandad, viejísima; desde que ingreso a su cuarto pregunta desde el fondo de la edad. ─ ¿ Juan, juanchito... eres tu? ─ Si mamita. ─ Hace rato vi un bulto blanco, entró y estuvo por la mesa, llamé y nadies me contestó, será que ya estoy penando, porque un ratito se paro a los pies de la cama, ahí donde te has parado tu y cuando trate de tantearlo con mi bastón salió por la puerta –Me dice. ─ Nadies ha entrado –Afirmo. ─ ¡ Ha ! – Coge su bastón y con él palpa sus tarros semioxidados donde guarda su pan, su azúcar; su taza, su termos, se incorpora de los almohadones, saca los pies de la cama y le calzo los zapatos, sosteniéndola por el brazo le ayuda a bajar, y caminamos despacio hacia el patio; el sol relumbra sobre el cemento y sobre la tibia espera de su silla, fatigándose a cada tramo por algo que trepo a su espalda y empezó a hincharse y a cansarla con su peso, esta sombra curvada que vigilaba la infancia mira desde las noches el reloj, comprobando que sigue viva en esta inercia, ahora sólo el tiempo corre en su reloj, por que los días y las noches se acabaron, sólo existe el tiempo amarillento de su dormitorio, ya no lo podrá medir con las cosechas, con las lluvias, con la luna llena, con las muertes insignes, por que no hay alguien de su edad para acompañarla a hacer las cuentas. 000 Ahora aquella cocinera poseída a los quince años por el abuelo, sigue llorando de rabia, sigue analfabeta. Maldiciendo una edad estancada, donde los primeros granizos crepitaban sobre las tejas coloradas del techo, carcomiendo los viejos tapiales amusgados y el vaho de tierra humedecida expandiéndose junto con el olor a cederrón florecido, pero ella la maldice: ─ Ese viejo “granputa “¿Acaso hizo algo cuando de la noche a la mañana me subieron a un carro para venirme a perder en Lima? ¿ Acaso alguna vez ustedes se acordaron de mi? Sólo ahora cuando ya te vas a casarte me vienes con esto que sea tu madrina, hijito eres un desconocido para mi, pero ni siquiera llevan mi apellido, ¿Acaso tu madre es hija mía?, Esa “mamita” me la quito, así niñita, ¿Quién se acuerda?: Yo pobre vieja. ¿ Acaso tu madre se ha cambiado de apellido?. Mi abuela, la verdadera, llorosa aún, me ha servido un plato de sopa hirviendo. Le gustaría que le acompañe en llorar, mi consuelo, pero su odio ya no es mío solamente sino de todos, de este pasado siempre presente, de estas raíces apuñalándose entre si, al que pocos se atreven a desterrar. ─ Sírvete –Mirándome intensamente; me dice. Siento su mirada asustada, viendo nuestro futuro y el caldo al paladearlo quema, quema en las entrañas. 000 La recuerdo en el cabecear de una tarde mostrándole la calavera de la gallina, parecía como si mi nuca se hubiese enmohecido, de tantos días de agacharme para pegar hueso con hueso, construyendo su imagen de la muerte, un esqueleto de huesos blancos, remojados en agua oxigenada, “mamita”, la tocaba como una niña traviesa, mientras me decía: ─ Tú eres curioso vas ha llegar hacer algo – “Si mamita, voy a llegar a ser profesor” la respondo a la anciana de mi recuerdo, en mi recuerdo. Al oscurecer, le di las buenas noches, fuerte, como tanteando si estaba viva, me despidió, y, al salir la mire, para coger ese instante, quizás seria la última vez que la viera, dando cuerda a su reloj, obligándole a que gire un día más, para que no sucumba antes que ella. Pero en la madrugada, la campanilla del reloj, rompió su martilleo en el azul oscuro de los sueños, me levante soñoliento, encontré a la abuela tratando de calmarlo, metiéndolo entre sus frazadas para sofocar el martillar, diciéndome que ya debe estar malogrado; entonces pensé; esa soledad, quizá lo hizo creer que ya estaba muerta y a propósito manipulo su reloj, puede que haya necesitado alguien para desanudar las penas que ajustaban su pecho y la hacían llorar, puede... recién entonces la vislumbro, nítida, decrepita y como dijera su arriero cuando la reparó: ─ ¡Esta viajasha! Ajiseco, de ese amarillo que sólo sirve para embadurnar el jamón.
Para crecer. Para no olvidarlas. POEMAS VELADOSILa noche arrastra la luna turbia, efervescente. En tus senos un ritual quiebra sus garrafas gimen mis manos y se hunden crepitantes mas abajo de las madreselvas en la recóndita fragancia de las violetas en la textura genital de tu sombra recostada sobre mi hombro. II Resplandor de tu cuerpofragmento dulce de mayo Tu mirada tiene la intensidad del gorrión reclamando la mañana. III No llego a ti, sólo un viento mece su torpeza en las fucsias y extraño tu sonrisa al borde de la medianoche. Esta lejos. Y para llegar a ti prendo un vela en el fondo oscuro de mi casa pueda que llegues repentina como siempre. Descuidado corazón de higo maduro, entraña de sueño. Arden mis labios sobre las palmas de tus manos, surcan la noche de una estrella a otra miden orillas, desbordan precipicios. IV Esta tarde ha crecido con tu ausencia, ha granizado ha esgrimido sus relámpagos y los tapiales amusgados se ha desboronado en silencio. Y yo colibrí vespertino busco en vano, giro erizado de luz, quieto, sobre una astilla de árbol y te extraño. Aroma de corola corola de luz flor de mi corazón. Te extraño... V Tu cuerpo horizontal creciendo entre mis manos su fragancia plena en el borde vertical de tu vientre. Mulata luminosa adherida a mis brazos, como musgo y liquen trepando mi pecho viviendo de mí. Te amo en la ternura impalpable entre las comisuras del oscuro trance. Cada vez que fumo como en tormenta insostenible abordo tus labios aferro tu cuerpo y despierto quemándome ardiendo entre mis dedos el cigarro y tus manos ausentes.
Lucio Flores Huamachuco, 03 de noviembre de 2004
Album fotogràfico de Lucio Flores (Haga clic aquì) |