Luis Flores Prado

 

Nació en Huamachuco, donde estudiò las primaria y terminó la secundaría en el Colegio Nacional San Nicolás estando a cargo de la organización y Funcionamiento de la Biblioteca del Turno Nocturno.

En agosto de 1984 ocupó el primer puesto en el Concurso Literario referente a la Vida y Obra de Florencia de Mora de Sandoval, organizado por la Beneficencia Pública de Huamachuco

Estudios Superiores  incompletos de la Especialidad de Historia, en la Universidad Nacional de Educación “Enrique Guzmán y Valle”,  y en la Universidad Mayor de San Marcos en la especialidad de Arte.

Representando al Municipio Provincial de Huamachuco, fue el encargado de trasladar al Museo del Banco Central del Reserva del Perú, el óleo con el retrato de José Faustino Sánchez  Carrión para su restauración en junio del 2002.

Integrante del Comité de Defensa de los Derechos Humanos de Sánchez Carrión, responsable de las Juntas Coordinadoras, como tal a asistido a eventos organizados por APRODEH, el Instituto de Defensa Legal , Coordinadora Nacional de Derechos Humanos.

Es el Presidente del la Asociación de Escritores y Artistas en Sánchez Carrión, ASESAR-SC, motivo por el cual asiste a numerosos eventos Nacionales e Internacionales. Como son al Encuentro Nacional “Todas las Sangres” en Cañete, al evento realizado en Uctubamba, a los tres últimos encuentros denominados “Capulí, Vallejo y su Tierra”, en Santiago de Chuco, donde en julio del 2004, se le concedió mediante Resolución de Alcaldía, la distinción LAUREL PIEDRA NEGRA SOBRE PIEDRA BLANCA. A sido dos años consecutivos Coordinador  del evento en homenaje a José Faustino Sánchez Carrión  organizado por el Consejo Regional, en la ciudad de Trujillo.

Expositor en varias oportunidades en torno a la literatura, Vallejo, y la Vida y Trascendencia de Florencia de Mora, con este último tema hizo la labor de facilitador en el evento organizado por la Municipalidad Provincial de Sánchez Carrión denominado “En Busca de Nuestra Identidad”...¿Para que Educamos? El año 2004.

A inicios del 2005, en coordinación con la Beneficencia Publica de Huamachuco y ASESAR –SC se dio inicio al “Archivo Wamachuko”.

Tiene inéditas los siguientes trabajos históricos:

ü      “Chuyugual” “Memoria de uno de los ahijaderos de Florencia de Mora y Escobar para los indios  de              Huamachuco”.

ü      “El Quishpi Cóndor”.

ü      La Capilla de San José.

ü      El Campanario.

ü      Los Indios Fieles. En preparación.


Caràtula y contracaràtula de la ùltima obra editada de Luis Flores Prado

       

EL QUISHPI CÓNDOR


MIS ABUELAS

“Hay rasguños que sangran aún después de mucho tiempo, dados en la frente, en el pecho. De pronto el zarpazo cruza las edades y se incrusta repentino, tiene el perfil de media luna, penetra blandamente como una mordida de la víbora y se esparce convulsivamente por todo el horizonte.”

                                                                                                                    Su pelo suavemente plateado, largo, trenzado sobre su cabeza.

    Ésta vieja maldita ha de estar revolcándose aún en su tumba. Yo no lo he perdonado nunca; lo que hizo conmigo lo ha pagado, así como me cuentas que murió, lo merecía. –

Agitaba sus manos con los codos sobre la mesa, y con un giro violento la golpeo con el dorso de la mano abierta:

    Me mandó aquí a “desgranarme como maíz”, según dijo, para llenarme de hijos, del jardinero, del panadero, del heladero, del basurero... –

                                                                                          Su tez, arcilla cruda, arrugada, se humedeció y sus ojos miraron el vacío, el cielo gris, turbio, soso de Lima; y con el mismo dorso del golpe se limpia las lágrimas, su voz seguía igual de firme, rencor añejo, borbotéate.

      Maldita la hora en que mi papá me mandó a trabajar en esa casa, pero como era el caporal de “ese hombre”, que iba a decir el pobre viejo. –

                                                                                          Estremecida por el recuerdo, avergonzada de eso, impotente aún; cruzó las manos sobre la mesa y dejo que las lágrimas surcaran silenciosamente sus arrugas.

                                                                                          La que llora debe tener unos sesenta años, lleva un mandil azul con bolitas blancas, sin mangas, sus brazos son duros, de lavandera, de lustradora de pisos, de barrendera; su rostro es pétreo, de labios carnosos, de espesas cejas cenicientas, su gran arruga en la frente simula el debate de una lejana ave, lleva horadadas las orejas, gira el cuerpo y se hace de un trapo, limpiándose las lágrimas.

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                                                                                          La otra viene de pronto, tiernamente, en penumbra, en orfandad, viejísima; desde que ingreso a su cuarto pregunta desde el fondo de la edad.

      ¿ Juan, juanchito... eres tu?

      Si mamita.

      Hace rato vi un bulto blanco, entró y estuvo por la mesa, llamé y nadies me contestó, será que ya estoy penando, porque un ratito se paro a los pies de la cama, ahí donde te has parado tu y cuando trate de tantearlo con mi bastón salió por la puerta –Me dice.

      Nadies ha entrado –Afirmo.

      ¡ Ha ! –

                                                                                          Coge su bastón y con él palpa sus tarros semioxidados donde guarda su pan, su azúcar; su taza, su termos, se incorpora de los almohadones, saca los pies de la cama y le calzo los zapatos, sosteniéndola por el brazo le ayuda a bajar, y caminamos despacio hacia el patio; el sol relumbra sobre el cemento y sobre la tibia espera de su silla, fatigándose a cada tramo por algo que trepo a su espalda y empezó a hincharse y a cansarla con su peso, esta sombra curvada que vigilaba la infancia mira desde las noches el reloj, comprobando que sigue viva en esta inercia, ahora sólo el tiempo corre en su reloj, por que los días y las noches se acabaron, sólo existe el tiempo amarillento de su dormitorio, ya no lo podrá medir con las cosechas, con las lluvias, con la luna llena, con las muertes insignes, por que no hay alguien de su edad para acompañarla a hacer las cuentas.

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                                                                                                                     Ahora aquella cocinera poseída a los quince años por el abuelo, sigue llorando de rabia, sigue analfabeta. Maldiciendo una edad estancada, donde los primeros granizos crepitaban sobre las tejas coloradas del techo, carcomiendo los viejos tapiales amusgados y el vaho de tierra humedecida expandiéndose junto con el olor a cederrón florecido, pero ella la maldice:

      Ese viejo “granputa “¿Acaso hizo algo cuando de la noche a la mañana me subieron a un carro para venirme a perder en Lima? ¿ Acaso alguna vez ustedes se acordaron de mi? Sólo ahora cuando ya te vas a casarte me vienes con esto que sea tu madrina, hijito eres un desconocido para mi, pero ni siquiera llevan mi apellido, ¿Acaso tu madre es hija mía?, Esa “mamita” me la quito, así niñita, ¿Quién se acuerda?: Yo pobre vieja. ¿ Acaso tu madre se ha cambiado de apellido?.

                                                                                    Mi abuela, la verdadera, llorosa aún, me ha servido un plato de sopa hirviendo. Le gustaría que le acompañe en llorar, mi consuelo, pero su odio ya no es mío solamente sino de todos, de este pasado siempre presente, de estas raíces apuñalándose entre si, al que pocos se atreven a desterrar.

      Sírvete –Mirándome intensamente; me dice.

                                                                                                                    Siento su mirada asustada, viendo nuestro futuro y el caldo al paladearlo quema, quema en las entrañas.

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                                                                                                                    La recuerdo en el cabecear de una tarde mostrándole la calavera de la gallina, parecía como si mi nuca se hubiese enmohecido, de tantos días de agacharme para pegar hueso con hueso, construyendo su imagen de la muerte, un esqueleto de huesos blancos, remojados en agua oxigenada, “mamita”, la tocaba como una niña traviesa, mientras me decía:

      Tú eres curioso vas ha llegar hacer algo –

                                                                                                                    “Si mamita, voy a llegar a ser profesor” la respondo a la anciana de mi recuerdo, en mi recuerdo. Al oscurecer, le di las buenas noches, fuerte, como tanteando si estaba viva, me despidió, y, al salir la mire, para coger ese instante, quizás seria la última vez que la viera, dando cuerda a su reloj, obligándole a que gire un día más, para que no sucumba antes que ella.

                                                                                    Pero en la madrugada, la campanilla del reloj, rompió su martilleo en el azul oscuro de los sueños, me levante soñoliento, encontré a la abuela tratando de calmarlo, metiéndolo entre sus frazadas para sofocar el martillar, diciéndome que ya debe estar malogrado; entonces pensé; esa soledad, quizá lo hizo creer que ya estaba muerta y a propósito manipulo su reloj, puede que haya necesitado alguien para desanudar las penas que ajustaban su pecho y la hacían llorar, puede... recién entonces la vislumbro, nítida, decrepita y como dijera su arriero cuando la reparó:

      ¡Esta viajasha! Ajiseco, de ese amarillo que sólo sirve para embadurnar el jamón.

                                            Así mis dos abuelas, hiriéndose aún después de la muerte, peleando y yo sosteniéndolas como rosas por deshojarse, sosteniéndolas para no llorar.

Para crecer.

                                                       Para no olvidarlas.


 

POEMAS VELADOS 

 

I

La noche arrastra la luna

turbia,

efervescente.

En tus senos un ritual

quiebra sus garrafas

gimen mis manos

y se hunden crepitantes

mas abajo de las madreselvas

en la recóndita fragancia de las violetas

en la textura genital

de

tu

sombra

recostada sobre mi hombro.

II

Resplandor de tu cuerpo

fragmento dulce de mayo

Tu mirada

tiene la

intensidad

del gorrión reclamando

la mañana.

III

No llego a ti,

sólo

un viento mece su torpeza en las fucsias

y extraño tu sonrisa al borde de la medianoche.

Esta lejos.

Y para llegar a ti

prendo un vela en el fondo oscuro de mi casa

pueda que llegues

repentina

como siempre.

Descuidado corazón de higo maduro,

entraña de sueño.

Arden mis labios sobre las palmas de tus manos,

surcan la noche de una estrella a otra

miden orillas, desbordan precipicios.

IV

Esta tarde ha crecido con tu ausencia,

ha granizado

ha esgrimido sus relámpagos

y los tapiales amusgados

se ha desboronado en silencio.

Y yo colibrí vespertino

busco en vano,

giro erizado de luz,

quieto, sobre una astilla de árbol

y te extraño.

Aroma de corola

corola de luz

flor de mi corazón.

Te extraño...

V

Tu cuerpo horizontal creciendo

entre mis manos

su fragancia plena en el borde

vertical de tu vientre.

Mulata luminosa

adherida a mis brazos,

como musgo y liquen trepando mi pecho

viviendo de mí.

Te amo

en la ternura impalpable

entre las comisuras

del oscuro trance.

Cada vez que fumo

como en tormenta insostenible

abordo tus labios

aferro tu cuerpo

y despierto

quemándome

ardiendo entre mis dedos

el cigarro

y tus manos ausentes.

 

                                                                           Lucio Flores

                                                      Huamachuco, 03 de noviembre de 2004

 

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